Perdonar no borra las cicatrices o el dolor recibido, pero sí les quita el poder de seguir controlando y definiendo nuestra vida. Por ello Marta Burguet Arfelis (2004) define el perdón como una decisión consciente y valiente: la elección de soltar el resentimiento (o rencor) que nace del daño recibido. No es olvidar lo sucedido, ni fingir que nunca ocurrió. Es algo mucho más poderoso.
Se trata de transformar nuestra relación interna con el pasado, de dejar de cargar esa herida como una mochila pesada y comenzar a mirarla desde un lugar más sereno y habitable. Al hacerlo, no solo liberamos el rencor: cambiamos por completo la forma en que vivimos el presente y construimos nuestro futuro.
Este proceso, que experimentamos al perdonar, surge en el plano emocional y también se replica en el cuerpo. En los últimos años, la psicología y la neurociencia han demostrado que las emociones sostenidas generan efectos concretos y medibles en nuestra fisiología. El resentimiento, la ira o el rencor crónico activan respuestas de estrés que, cuando se mantienen en el tiempo, afectan distintos sistemas del organismo. Lo que no se procesa emocionalmente, el cuerpo termina expresándolo de alguna forma.
En este sentido, la Organización Mundial de la Salud (1946) define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedad”. Esto nos permite entender que procesos como el perdón forman parte del equilibrio general de la salud.
Estudios científicos han confirmado que al practicar el perdón, logramos:
- Ritmo cardíaco más bajo
- Menor presión arterial
- Menos tensión muscular
- Mejor función inmunológica
- Menor riesgo cardiovascular
Además, en el cerebro se activan áreas relacionadas con la empatía y la regulación emocional, y a nivel químico se liberan sustancias asociadas al bienestar, como la oxitocina (Tala & Valenzuela, 2020).
Por el contrario, sostener el resentimiento implica mantener al cuerpo en un estado de alerta constante, intensificando la respuesta al estrés. Con el tiempo, esto puede afectar la función inmunológica, aumentar la inflamación crónica y elevar el riesgo cardiovascular. No se trata únicamente de lo que se siente en el momento, sino del tiempo prolongado que el cuerpo permanece en ese estado de activación.
Estudios como el de Tala y Valenzuela (2020) reafirman que el perdón se asocia con una reducción del estrés fisiológico, una mejor regulación emocional y beneficios tanto para la salud mental como física.
En este contexto, un hallazgo especialmente revelador, proviene de la teoría de la percepción corporal: las personas inducidas a sentir perdón percibían una colina como menos empinada y saltaban más alto en pruebas físicas, en comparación con quienes mantenían el rencor (Zheng et al., 2015). Esto demuestra que lo que cargamos internamente influye en cómo percibimos el esfuerzo externo.
Desde esta perspectiva, el perdón empieza a tomar otro sentido. Robert Enright (Enright & Rothschild, 2015) propone que no es un acto aislado, sino un proceso que se construye en el tiempo. Todo comienza con algo básico pero incómodo: reconocer el dolo; identificar qué ocurrió, cómo me afectó y qué me dejó. Sin ese paso, el perdón se vuelve una idea abstracta.
A partir de ahí, aparece la posibilidad de comprender. No en el sentido de justificar, sino de entender. Estudios confirman que al imaginar el acto de perdonar se activan circuitos cerebrales de empatía, lo que ayuda a reorganizar la interpretación de lo sucedido. Cuando algo se vuelve comprensible, deja de ser completamente abrumador.
También existe una dimensión hacia uno mismo: muchas veces, junto al enojo aparece la autocrítica: ¿por qué no reaccioné diferente? En ese sentido, el perdón incluye autocompasión: reconocer nuestra vulnerabilidad sin quedarnos atrapados en un círculo vicioso de culpa y reproche interno.
Con el tiempo, lo que cambia es la carga, disminuye la intensidad con la que el cuerpo responde, la frecuencia con la que la mente regresa a ese lugar, la forma en que se percibe lo que antes resultaba pesado.
Quizá por eso el perdón se siente como un proceso silencioso: lo notas cuando, al estar en ciertas situaciones, estas ya no activan la misma reacción emocional. Es el momento en que el cuerpo deja de responder como si esto ya no siguiera pasando en el presente.
Visto así, el perdón deja de ser un acto dirigido únicamente hacia el otro. Se convierte en una forma profunda de dejar de cargar lo que el cuerpo ha sostenido durante demasiado tiempo. En ese movimiento, casi imperceptible, surge algo parecido al descanso, y se transforma en un verdadero regalo hacia nosotros mismos.
Burguet Arfelis, M. (2004). Perdón. En M. López Martínez (Ed.), Enciclopedia de paz y conflictos (pp. 933-935). Universidad de Granada.
Enright, R., & Rothschild, B. (2015). 8 Keys to Forgiveness. W. W. Norton & Company.
OMS (1946). Constitución de la Organización Mundial de la Salud.
Tala, A., & Valenzuela, J. (2020). Si quiero sanar, debería perdonar: una revisión sobre el perdón y la salud. Revista Chilena de Neuro-Psiquiatría.
http://dx.doi.org/10.4067/S0717-92272020000300251
Zheng, X., Fehr, R., Tai, K., Narayanan, J., & Gelfand, M. (2015). The unburdening effects of forgiveness: Effects on slant perception and jumping height. Social Psychological and Personality Science, 6(4), 431-438.